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sábado, 6 de diciembre de 2014

EL ESTADO AUTONOMICO

 

Algunos pensábamos al votar la Constitución, allá por 1978, que la solución de crear autonomías de la nada, que nadie había reivindicado y que por tanto no se precisaban, era un error. No obstante votamos a favor porque necesitábamos democracia. Durante un tiempo, bastante largo por cierto, vivimos con ese modelo e incluso llegamos a reconocer que el Legislador quizá tenía razón ya que aparentemente todo funcionaba. Pero no, no la tuvo y ahora están aflorando las consecuencias de aquella decisión.

En principio solamente los territorios que habían tenido sus Estatutos de Autonomía votados o plebiscitados durante la República, es decir, Cataluña (1932), País Vasco (1936), y Galicia (1936), eran los que iban a ser reconocidos como tales en la Carta Magna, que era lo lógico. Pero algunos redactores del Documento no estaban dispuestos a eso y llegaron a imponer su criterio, que se dio en llamar después el "café para todos".

Total, que nos hemos dotado con diecisiete administraciones paralelas al Estado (más dos ciudades autónomas) que están sangrando económicamente al Estado por todas partes y que cada año que transcurre se radicalizan más. Porque claro, vienen las comparaciones y las discriminaciones: que por qué a tal Autonomía se le transfiere tal cosa y a la mía no, etc.

Si España se hubiera configurado de la otra forma, es decir, de una nación con una administración central única que además albergara a tres territorios peculiares por lengua y tradiciones, quizá hoy no tuviéramos los problemas que tenemos. Pero eso es nostalgia del pasado y no nos lleva a ninguna parte. O a lo mejor sí, porque de los errores se aprende.

Desde el punto de vista económico la estructura del Estado es un desastre. Todos los años hay que hacer verdaderos malabarismos para que los Presupuestos salgan coherentes, cuando podía haber sido todo mucho más racional. Se reclaman infraestructuras porque no se puede ser menos que el vecino, al mismo tiempo que se introducen tasas e impuestos para a su vez diferenciarse más de él. O sea, optimizar los recursos de todos los españoles parece misión imposible .

Desde el punto de vista social ya vemos lo que ocurre: que los nacionalismos se exaltan y se reclaman independencias cuando el sentido común las rechaza. Porque una cosa es saber cuál fue nuestra verdadera Historia porque somos herederos de ella y otra muy distinta utilizarla como arma para decirle a los demás: Ojo, que nosotros somos diferentes.

Parece evidente que así no podremos continuar. Habrá que buscar soluciones, que seguro que las tiene que haber. Y todo tiene que girar en torno a la Ley. Por tanto, parece que la reforma de la Constitución es la única vía posible. Sin prisas pero sin pausas nuestras cabezas pensantes tendrán que redactar las enmiendas necesarias para que, al menos durante otros 36 años, podamos convivir como hasta ahora, en paz, que es lo que nos merecemos.

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